A pesar de la abundancia de alimentos en el mundo, una de cada siete personas se va a la cama hambrienta todas las noches
David Cameron, primer ministro inglés, quiere salvar a 25 millones de niños de los retrasos de la malnutrición en un periodo de cuatro años. “Una muerte infantil de cada tres está ligada a la malnutrición y 171 millones de niños están tan mal alimentados antes de los dos primeros años que nunca se podrán recuperar físicamente” Es decir, ninguno de estos niños podrán participar en los juegos olímpicos, ni podrán ocupar una silla en la universidad. Tal vez, digo yo, ni podrán ir a la escuela o jugar por la calle.
Y sigue diciendo que “a pesar de la abundancia de alimentos en el mundo, una de cada siete personas se va a la cama hambrienta todas las noches y los niños son los más afectados”
Para esto promete estar dispuesto a dar 153 millones de euros en un programa conjunto con Suiza e Irlanda
¿Realmente creemos que los países poderosos están interesados por esta cruel realidad en medio de una crisis global cuando en la bonanza no lo hicieron?
Veamos lo que piensan otros como Jean Ziegler, analista político y ex relator especial de Naciones Unidas para el derecho a la Alimentación, y actual miembro del comité consultivo de Derechos Humanos. Afirma que “el problema no es la producción sino el acceso, los precios. En las barriadas periféricas, en Lima, Sao Paulo, Manila… donde viven 1.600 millones de personas, según el Banco Mundial en estado de extrema pobreza, las madres deben comprar con muy poco dinero la alimentación del día. Debido a la especulación alimentaria de los dos últimos años que hizo explotar los precios de los alimentos, el maíz aumentó un 63%, la tonelada de arroz de Filipinas un 94%, y la tonelada de trigo ha duplicado su precio. La consecuencia son los beneficios astronómicos de los fondos de inversión que han migrado de los mercados financieros, tras las inmensas pérdidas de los años 2008 y 2009, a las bolsas de materias primas, especulando descaradamente y legalmente con el maíz, el trigo, el aceite de palma… Y la otra consecuencia es la extensión de la miseria en el mundo”.
Efectivamente, a los que tienen un ingreso mínimo en el estado español ¿no les afecta seriamente la subida del pan? O ¿Qué pasaría si sobraran patatas o leche pero los más de 4 millones de parados no tienen ningún ingreso?
El que escribe esto está convencido de que la solución de los problemas no vendrá por medio del primer ministro inglés ni de los que están instalados en el neoliberalismo. Los pobres que votaron por Lula en Brasil o por Correa en Ecuador, por poner un ejemplo, están más cerca de resolver el problema del hambre… y de la política; porque ellos, como nadie, han sufrido la carencia y la represión. Estoy seguro de que son los pobres, quienes ciertamente nos sacarán de estas economías que están por encima del ser humano y no lo respetan. Y lo más sorprendente es que no nos pedirán nada a cambio.
Pero, según este pensamiento, ¿los varios millones de parados que viven en el estado español y otras personas que se encuentran en situaciones precarias se sienten pobres? ¿O piensan, tal vez, según las voces políticas que es un estado transitorio?¿Qué capacidad, qué fuerza podrán llegar a tener en el momento en que empiecen a valorar su potencia, su multitud?
Estos días se contentaban con asaltar algún supermercado en un acto más simbólico que efectivo. Pero ¿podrán descubrir más vías y ayudar a los que se dejen, claro, a superar esta economía fracasada, tan hostil contra los más pobres, injusta e inmisericorde?
Sigo creyendo que la multiplicación de los panes es posible y que este milagro no vendrá de la banca sino de los esfuerzos, la solidaridad, la rebelión y la esperanza. El mundo occidental, instalado, no tiene esperanza; solo cálculos y números para ver la manera de cómo aumentar los beneficios. Y para el mundo inferior que no cotiza en bolsa habrá promesas, dilataciones y represiones.
Confío que en este mundo “inferior” genere la suficiente esperanza que le permita recrear el mundo a beneficio de todos, incluso del mundo llamado naturaleza.